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Madrid en la Literatura

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  • Madrid en la Literatura

    Abro este hilo que, aún inexistente en el primer Urbanity, sí muestra referencias en variados temas. Sin hacer de menos a otros, les traigo un sobresaliente mensaje de Dragener en el hilo 'Vídeos y fotos de Madrid', del 22 de Febrero del 2011, a las 18:13:

    Mapa literario de Madrid. La Información hace el jodido mejor trabajo de infografía, o simplemente "cosas chulas o interactivas" de toda la prensa española:
    http://especiales.lainformacion.com/...s_1024x768.jpg

    En este enlace podéis verlo más grande.
    http://especiales.lainformacion.com/...rid-literario/
    http://www.urbanity.es/foro/viajes-c...de-madrid.html

    Con solicitud de permiso, les traigo el brillante 'plano':



    Una conjunción temporal de dos determinantes factores son responsables para que finalmente me animara a abrir este hilo: la consulta de una curiosa joven sobre el callejero madrileño y un acertado artículo de ABC sobre poesía dedicada al Foro. Empiezo pues, en orden.

    Para responder a la primera consulta, la historia de la calle dedicada al Cronista don Francisco Serrano Anguita, del que soy orgulloso heredero tributario, nada mejor que su primigenia investigación sobre el tema, uno de sus fabulosos artículos bautizados ‘Aquí, Madrid’, publicado a comienzos de los 60.

    Se lo traigo íntegro:

    De ‘Sí Propio’ a ‘San Opropio’

    Recibo esta carta de un buen amigo, muy aficionado a los estudios que se relacionan con nuestra Villa:

    ‘Me aseguran que el nombre de San Opropio, que lleva cierta calle de Madrid, obedece a una pintoresca historia, hace muchos años había entre los palacios de los Condes de Villa Gonzalo y del Marqués de Argelita una especie de pasadizo particular, según advertía un letrero: ‘Paso Propio’. Con el tiempo se cayeron, o se borraron, las dos primeras letras de la inscripción, quedándose ésta en en ‘so propio’. Y, posteriormente, al disponerse la apertura definitva de la calle, aquel jeroglífico se interpretó como ‘S. Opropio’, y se le adjudicó el rótulo a un San Opropio que no existe en el Santoral. ¿Será verdad eso? Le brindo el tema por si le resulta interesante y puede aclarárnoslo, o para que abra una investigación sobre él’

    Desde luego, San Opropio no figura en las hagiografías o martirologios leídos por mí. Acabo de repasar El Año Cristiano, del ilustre fray Justo Pérez de Urbel, y allí no figura. Tampoco lo encontré en la Enciclopedia Espasa. Consulté, además, a un culto sacerdote, con el mismo resultado negativo. De manera que las noticias que me envió mi amigo tienen una base indiscutible.

    En el libro de don Carlos Cambronero y don Hilario Peñasco ‘Las Calles de Madrid’ consta que la de San Opropio aparece con el nombre de las Beatas en el de Texeira (1656), y con el que ahora tiene, en el de Espinosa (1769). Los investigadores aludidos agregan que la denominación de San Opropio viene de una ermita que existía, dedicada a este santo, en el terreno que después se abrió la calle. La capilla dio motivo a la fundación de una comunidad de religiosas mercedarias descalzas: las ‘Góngoras’. En dicha capilla creó la beata María Ana del Jesús la Orden de Hermanas Beatas de la Merced.

    Curándose en salud, como suele decirse, Cambronero y Peñasco advierten: ‘Pocas noticias han llegado hasta nosotros de San Opropio. Cuéntase que antiguamente se le conocía con el nombre de Euprepio o Euprepes, y que sufrió el martirio de San Cosme y San Damián, en la época de Diocleciano.’ Referencias tan vagas no servirían sino para despistar más a los que busquen detalles ciertos. Por fortuna, hay otras fuentes a las que acudir, y ellas nos señalan un camino que se acerca mucho al del ‘Paso Propio’ trasformado en ‘so propio’, hasta dar en un santo ‘polizón’, digámoslo sin la más leve falta de respeto.

    El Seminario de Urbanismo del Instituto de Estudios de Administración Local publicó en 1960 la magnífica obra Planos de Madrid en los siglos XVII y XVIII, escrita por el secretario de Museo Municipal, don Miguel Molina Campuzano, del que en alguna ocasión hice merecido elogio. En tal obra hallaremos los informes que importan a mi curioso lector. La calle que va desde la plaza de Santa Bárbara a la calle Mejía Lequerica llamóse en un principio de ‘Sí Propio’. Texeira le aplicó en su plano el nombre de ‘las Beatas’, acaso por no reproducir el primitivo (probablemente en relación con el origen del pasaje particular), o porque entonces se le diese aquel apelativo, ya que allí residieron las beatas mercedarias descalzas, trasladadas luego al actual convento de las ‘Góngoras’, cuyo título se debe a que el rey Felipe IV, al fundarlo, comisionó para inspeccionar los trabajos a don Juan Giménez de Góngora.

    La calle de ‘Sí Propio’ era conocida asimismo por callejón del Duque de Abrantes, quien tenía su casa-palacio en tal sitio. Y, al fin, vino a parar en San Opropio, en en San Oproprio, posible derivación del remoquete original, con lo que la Villa de Madrid consagró una vái pública a un bienaventurado que no ha existido nunca.

    Ésta es la información que puedo facilitar al amigo que la deseaba. Se presta, sin duda, a otras minuciosas investigaciones; pero no las creo necesarias. Lo dicho basta para demostrar que, en efecto, San Opropio es un santo madrileñísimo. Únicamente se le conoce en este bendito pueblo, que bien puede estar contento y orgulloso de sí mismo.

    O de ‘Sí Propio’, si me permiten ustedes jugar con el vocablo.
    Al poco de dejarnos Tartarín, la Villa le dedicó la calle:

    http://hemeroteca.abc.es/nav/Navigat...03/16/078.html.

    Sirva esta entrada de sincero homenaje al esforzado Genio de las Letras y a su esposa, Luisa, ejemplares devotos de ésta, nuestra metrópoli.
    Última edición por Blas de Lezo; 01/09/14, 12:48.

    Nec timeas nec potes

  • #2
    Y en segundo lugar, el mencionado artículo, 'Las mejores poesías dedicadas a Madrid':

    http://www.abc.es/madrid/tops/201408...8181927_1.html

    Que les traigo una a una, para deleite de lectura.

    De Madrid, Luis de Góngora.

    «El Nilo no sufre márgenes, ni muros

    Madrid, oh peregrino, tú que pasas,

    que a su menor inundación de casas

    ni aún los campos del Tajo están seguros.

    Émula la verán siglos futuros

    de Menfis no, que el término le tasas;

    del tiempo sí, que sus profundas basas

    no son en vano pedernales duros.

    Dosel de reyes, de sus hijos cuna

    ha sido y es; zodíaco luciente

    de la beldad, teatro de fortuna.

    La invidia aquí su venenoso diente

    cebar suele, a privanzas importuna.

    Camina en paz, refiérelo a tu gente».


    Nec timeas nec potes

    Comentario


    • #3
      De La Fingida Arcadia, Tirso de Molina.

      «Madrid

      es mi patria, corte digna

      de España, madre benigna

      del mundo.

      Patria Madrid del amor,

      y así está fundada en fuego.

      Agua los cielos la han dado,

      si su fuerza hace llorar,

      se fuentes que pueden dar

      salud al más deshaciado.

      Dale olivos Minerva

      oro puro y generoso;

      ganado, el monte, sabroso;

      tomillos, el campo y hierba.

      Goza del llano y montaña

      que sus términos incluye;

      y en fe, que en todos influye

      valor, es centro de España».

      Nec timeas nec potes

      Comentario


      • #4
        A Madrid, por la dicha de ser su patrono San Isidro Labrador, Calderón de la Barca.

        «Madrid, aunque tu valor

        Reyes le están aumentando,

        nunca fue mayor que cuando

        tuviste tu labrador.

        Aunque de gloria se viste,

        Madrid, tu dichoso suelo,

        nunca más gloria tuviste

        que cuando, imitando al cielo,

        pisado de ángeles fuiste.

        No igualará aquel favor

        el que hoy ostenta tu honor,

        aunque opongas tu trofeo,

        aunque aumente tu deseo,

        Madrid, aunque tu valor.

        No tendrás glorias mayores,

        que cuando en las manos bellas

        de angélicos labradores,

        eran tus flores estrellas,

        los rayos del sol tus flores.

        En vano están laureando,

        en vano están coronando

        tu frente, en vano el honor

        que te ha dado un labrador,

        Reyes le están aumentando.

        Dirán que cuándo tuviste

        más gloria que en ti se encierra.

        Di que cuando ángeles viste

        labrar humildes tu tierra;

        di que cuando cielo fuiste;

        que cuando al cielo imitando

        el sol te estaba envidiando,

        pues su luz tu luz prefiere;

        y así sabrá quien dijere

        Nunca fue mayor que cuando.

        Mayores triunfos, mayores

        lauros tu poder advierte,

        pues con divinos favores

        respetas, como la muerte,

        mas que reyes, labradores.

        Hagan inmortal tu honor

        jaspes, mármoles y bronces;

        pues para gloria mayor

        hoy tienes tal rey, y entonces

        Tuviste tu labrador».

        Nec timeas nec potes

        Comentario


        • #5
          Fiesta de toros en Madrid, Nicolás Fernández de Moratín.

          Madrid, castillo famoso

          que al rey moro alivia el miedo,

          arde en fiestas en su coso,

          por ser el natal dichoso

          de Alimenón de Toledo.

          Su bravo alcaide Aliatar,

          de la hermosa Zaida amante,

          las ordena celebrar,

          por si la puede ablandar

          el corazón de diamante.

          Pasó, vencida a sus ruegos,

          desde Aravaca a Madrid.

          Hubo pandorgas y fuegos

          con otros nocturnos juegos

          que dispuso el adalid.

          Y en adargas y colores,

          en las cifras y libreas,

          mostraron los amadores,

          y en pendones y preseas,

          la dicha de sus amores.

          Vinieron las moras bellas

          de toda la cercanía,

          y de lejos muchas de ellas,

          las más apuestas doncellas

          que España entonces tenía.

          Aja de Getafe vino

          y Zahara la de Alcorcón,

          en cuyo obsequio muy fino

          corrió de un vuelo el camino

          el moraicel de Alcabón.

          Jarifa de Almonacid,

          que de la Alcarria en que habita

          llevó a asombrar a Madrid,

          su amante Audalla, adalid

          del castillo de Zorita.

          De Adamuz y la famosa

          Meco, llegaron allí

          dos, cada cual más hermosa,

          y Fátima, la preciosa

          hija de Alí el Alcadí.

          El ancho circo se llena

          de multitud clamorosa

          que atiende a ver en su arena

          la sangrienta lid dudosa,

          y todo en torno resuena.

          La bella Zaida ocupó

          sus dorados miradores

          que el arte afiligranó,

          y con espejos y flores

          y damascos adornó.

          Añafiles y atabales,

          con militar armonía,

          hicieron salva y señales

          de mostrar su valentía

          los moros más principales.

          No en las vegas de Jarama

          pacieron la verde grama

          nunca animales tan fieros,

          junto al puente que se llama,

          por sus peces, de Viveros,

          como los que el vulgo vio

          ser lidiados aquel día,

          y en la fiesta que gozó,

          la popular alegría

          muchas heridas costó.

          Salió un toro del toril

          y a Tarfe tiró por tierra,

          y luego a Benalguacil,

          después con Hamete cierra,

          el temerón de Conil.

          Traía un ancho listón

          con uno y otro matiz

          hecho un lazo por airón,

          sobre la inhiesta cerviz

          clavado con un arpón.

          Todo galán pretendía

          ofrecerle vencedor

          a la dama que servía;

          por eso perdió Almanzor

          el potro que más quería.

          El alcaide, muy zambrero,

          de Guadalajara, huyó

          mal herido al golpe fiero,

          y desde un caballo overo

          el moro de Horche cayó.

          Todos miran a Aliatar,

          que aunque tres toros ha muerto,

          no se quiere aventurar,

          porque en lance tan incierto

          el caudillo no ha de entrar.

          Mas viendo se culparía,

          va a ponérsele delante;

          la fiera le acometía,

          y sin que el rejón la plante

          le mató una yegua pía.

          Otra monta acelerado;

          le embiste el toro de un vuelo,

          cogiéndole entablerado;

          rodó el bonete encarnado

          con las plumas por el suelo.

          Dio vuelta hiriendo y matando

          a los que a pie que encontrara,

          el circo desocupando,

          y emplazándose, se para,

          con la vista amenazando.

          Nadie se atreve a salir;

          la plebe grita indignada;

          las damas se quieren ir,

          porque la fiesta empezada

          no puede ya proseguir.

          Ninguno al riesgo se entrega

          y está en medio el toro fijo,

          cuando un portero que llega

          de la Puerta de la Vega

          hincó la rodilla y dijo:

          «Sobre un caballo alazano,

          cubierto de galas y oro,

          demanda licencia urbano

          para alancear a un toro

          un caballero cristiano».

          Mucho le pesa a Aliatar;

          pero Zaida dio respuesta

          diciendo que puede entrar,

          porque en tan solemne fiesta

          nada se debe negar.

          Suspenso el concurso entero

          entre dudas se embaraza,

          cuando en un potro ligero

          vieron entrar por la plaza

          un bizarro caballero.

          Sonrosado, albo color,

          belfo labio, juveniles

          alientos, inquieto ardor,

          en el florido verdor

          de sus lozanos abriles.

          Cuelga la rubia guedeja

          por donde el almete sube,

          cual mirarse tal vez deja

          del sol la ardiente madeja

          entre cenicienta nube.

          Gorguera de anchos follajes,

          de una cristiana primores,

          por los visos y celajes

          en el yelmo los plumajes,

          vergel de diversas flores.

          En la cuja gruesa lanza

          con recamado pendón,

          y una cifra a ver se alcanza

          que es de desesperación,

          o a lo sumo de venganza.

          En el arzón de la silla

          ancho escudo reverbera

          con blasones de Castilla,

          el mote dice a la orilla:

          Nunca mi espada venciera.

          Era el caballo galán,

          el bruto más generoso,

          de más gallardo ademán:

          cabos negros, y brioso,

          muy tostado, y alazán;

          larga cola recogida

          en las piernas descarnadas,

          cabeza pequeña, erguida,

          las narices dilatadas,

          vista feroz y encendida.

          Nunca en el ancho rodeo

          que da Betis con tal fruto

          pudo fingir el deseo

          más bella estampa de bruto

          ni más hermoso paseo.

          Dio la vuelta al rededor;

          los ojos que le veían

          lleva prendados de amor.

          «Alá te salve», decían,

          «déte el Profeta favor».

          Causaba lástima y grima

          su tierna edad floreciente;

          todos quieren que se exima

          del riesgo, y él solamente

          ni recela, ni se estima.

          Las doncellas, al pasar,

          hacen de ámbar y alcanfor

          pebeteros exhalar,

          vertiendo pomos de olor,

          de jazmines y azahar.

          Mas cuando en medio se para,

          y de más cerca le mira

          la cristiana esclava Aldara,

          con su señora se encara

          y así la dice, y suspira:

          «Señora, sueños no son;

          así los cielos, vencidos

          de mi ruego y aflicción,

          acerquen a mis oídos

          las campanas de León,

          «como ese doncel que ufano

          tanto asombro viene a dar

          a todo el pueblo africano,

          es Rodrigo de Vivar,

          el soberbio castellano».

          Sin descubrirle quién es,

          la Zaida desde una almena,

          le habló una noche cortés,

          por donde se abrió después

          el cubo de la Almudena.

          Y supo que, fugitivo

          de la corte de Fernando,

          el cristiano, apenas vivo,

          está a Jimena adorando

          y en su memoria cautivo.

          Tal vez a Madrid se acerca

          con frecuentes correrías

          y todo en torno la cerca;

          observa sus saetías

          arroyadas, y ancha alberca.

          Por eso le ha conocido,

          que en medio de aclamaciones,

          el caballo ha detenido

          delante de sus balcones,

          y la saluda rendido.

          La mora se puso en pie

          y sus doncellas detrás;

          el alcaide que lo ve,

          enfurecido además

          muestra cuán celoso esté.

          Suena un rumor placentero

          entre el vulgo de Madrid:

          «No habrá mejor caballero»,

          dicen, «en el mundo entero»,

          y algunos le llaman Cid.

          Crece la algazara, y él

          torciendo las riendas de oro,

          marcha al combate crüel;

          alza el galope, y al toro

          busca en sonoro tropel.

          El bruto se le ha encarado

          desde que le vio llegar,

          de tanta gala asombrado,

          y al rededor le ha observado

          sin moverse de un lugar.

          Cual flecha se disparó

          despedida de la cuerda,

          de tal suerte le embistió;

          detrás de la oreja izquierda

          la aguda lanza le hirió.

          Brama la fiera burlada;

          segunda vez acomete,

          de espuma y sudor bañada,.

          y segunda vez la mete

          sutil la punta acerada.

          Pero ya Rodrigo espera

          con heroico atrevimiento,

          el pueblo mudo y atento;

          se engalla el toro y altera,

          y finge acometimiento.

          La arena escarba ofendido,

          sobre la espalda la arroja

          con el hueso retorcido;

          el suelo huele y le moja

          en ardiente resoplido.

          La cola inquieto menea,

          la diestra oreja mosquea,

          vase retirando atrás,

          para que la fuerza sea

          mayor, y el ímpetu más.

          Él que en esta ocasión viera

          de Zaida el rostro alterado,

          claramente conociera

          cuánto la cuesta cuidado

          el que tanto riesgo espera.

          Mas, ¡ay que le embiste horrendo

          el animal espantoso!

          Jamás peñasco tremendo

          del Cáucaso cavernoso

          se desgaja, estrago haciendo,

          ni llama así fulminante

          cruza en negra obscuridad

          con relámpagos delante

          al estrépito tronante

          de sonora tempestad,

          como el bruto se abalanza

          en terrible ligereza;

          mas rota con gran pujanza

          la alta nuca, la fiereza

          y el último aliento lanza.

          La confusa vocería

          que en tal instante se oyó

          fue tanta que parecía

          que honda mina reventó,

          o el monte y valle se hundía.

          A caballo como estaba,

          Rodrigo el lazo alcanzó

          con qué el toro se adornaba;

          en su lanza le clavó

          y a los balcones llegaba.

          Y alzándose en los estribos,

          le alarga a Zaida, diciendo:

          «Sultana, aunque bien entiendo

          ser favores excesivos,

          mi corto don admitiendo,

          si no os dignáredes ser

          con él benigna, advertid

          que a mí me basta saber

          que no le debo ofrecer

          a otra persona en Madrid».

          Ella, el rostro placentero,

          dijo, y turbada: «Señor,

          yo le admito y le venero,

          por conservar el favor

          de tan gentil caballero».

          Y besando el rico don,

          para agradar al doncel,

          le prende con afición

          al lado del corazón,

          por brinquiño y por joyel.

          Pero Aliatar el caudillo

          de envidia ardiendo se ve,

          y trémulo y amarillo,

          sobre un tremacén rosillo

          lozaneándose fue.

          Y en ronca voz, «Castellano»,

          le dice, «con más decoros

          suelo yo dar de mi mano

          si no penachos de toros,

          las cabezas del cristiano.

          »Y si vinieras de guerra

          cual vienes de fiesta y gala,

          vieras que en toda la tierra,

          al valor que dentro encierra

          Madrid, ninguno se iguala».

          «Así», dijo el de Vivar,

          «respondo», y la lanza al ristre

          pone y espera a Aliatar;

          mas sin que nadie administre

          orden, tocaron a armar.

          Ya fiero bando con gritos

          su muerte o prisión pedía,

          cuando se oyó en los distritos

          del monte de Leganitos

          del Cid la trompetería.

          Entre la Monclova y Soto

          tercio escogido emboscó,

          que viendo cómo tardó,

          se acerca, oyó el alboroto,

          y al muro se abalanzó.

          Y si no vieran salir

          por la puerta a su señor

          y Zaida a le despedir,

          iban la fuerza a embestir,

          tal era ya su furor.

          El alcaide, recelando

          que en Madrid tenga partido,

          se templó disimulando,

          y por el parque florido

          salió con él razonando.

          Y es fama que a la bajada

          juró por la cruz el Cid

          de su vencedora espada,

          de no quitar la celada

          hasta que gane a Madrid.»

          Nec timeas nec potes

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          • #6
            Madrid, baluarte de nuestra guerra de Independencia, Antonio Machado.

            «¡Madrid, Madrid; qué bien tu nombre suena,

            rompeolas de todas las Españas!

            La tierra se desgarra, el cielo truena,

            tú sonríes con plomo en las entrañas»

            Nec timeas nec potes

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            • #7
              Madrid, Miguel Hernández.

              «De entre las piedras, la encina y el haya,

              de entre un follaje de hueso ligero

              surte un acero que no se desmaya:

              surte un acero.

              Una ciudad dedicada a la brisa,

              ante las malas pasiones despiertas

              abre sus puertas como una sonrisa:

              cierra sus puertas.

              Un ansia verde y un odio dorado

              arde en el seno de aquellas paredes.

              Contra la sombra, la luz ha cerrado

              todas sus redes.

              Esta ciudad no se aplaca con fuego,

              este laurel con rencor no se tala.

              Este rosal sin ventura, este espliego

              júbilo exhala.

              Puerta cerrada, taberna encendida:

              nadie encarcela sus libres licores.

              Atravesada del hambre y la vida,

              sigue en sus flores.

              Niños igual que agujeros resecos,

              hacen vibrar un calor de ira pura

              junto a mujeres que son filos y ecos

              hacia una hondura.

              Lóbregos hombres, radiantes barrancos

              con la amenaza de ser más profundos.

              Entre sus dientes serenos y blancos

              luchan dos mundos.

              Una sonrisa que va esperanzada

              desde el principio del alma a la boca,

              pinta de rojo feliz tu fachada,

              gran ciudad loca.

              Esa sonrisa jamás anochece:

              y es matutina con tanto heroísmo,

              que en las tinieblas azulmente crece

              como un abismo.

              No han de saltarle lo triste y lo blando:

              de labio a labio imponente y seguro

              salta una loca guitarra clamando

              por su futuro.

              Desfallecer... Pero el toro es bastante.

              Su corazón, sufrimiento, no agotas.

              Y retrocede la luna menguante

              de las derrotas.

              Sólo te nutre tu vívida esencia.

              Duermes al borde del hoyo y la espada.

              Eres mi casa, Madrid: mi existencia,

              ¡qué atravesada!»

              Nec timeas nec potes

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              • #8
                Anocheció Madrid, José Bergamín.

                «Anocheció Madrid que parecía

                cubierto del cristal más transparente

                que estaba amaneciendo de repente

                con tanta claridad como de día

                Luces vivas sus calles repartía

                poblando la ciudad, más que de gente,

                de destellos de luz resplandeciente

                que el aire embelesaban de alegría.

                El cielo miró arder desde su abismo,

                como un diamante en negro terciopelo

                Madrid, alma encendida a su espejismo:

                ciudad nocturna en urna de su hielo,

                Narciso enmascarado de sí mismo,

                y Eco, muda de asombro, el mismo cielo.»
                Y también, Madrid tiene moriscas las entrañas.

                «Madrid, tienes moriscas las entrañas.

                Fuiste corte y no fuiste cortesano.

                Y si villa, no ha sido por villano

                que capitalizaste las Españas.

                Todo lo peregrinas y lo extrañas

                desde tu aldeanismo castellano:

                que Lope hizo gatuno y sobrehumano

                teatro de invisibles musarañas.

                A la luz que tus aires aposenta

                Cervantes le dio voz, Velázquez brío,

                Quevedo sombras, Calderón afrenta

                rodeando las llamas su vacío.

                Y Goya con sutil mano violenta

                máscara de garboso señorío.»

                Nec timeas nec potes

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                • #9
                  Madrid, divinamente, Blas de Otero.

                  «Madrid, divinamente

                  suenas, alegres días

                  de la confusa adolescencia,

                  frío cielo lindando con las cimas

                  del Guadarrama,

                  mañanas escolares,

                  rauda huida

                  al Retiro, risas

                  de jarroncito de porcelana,

                  tarde

                  de toros en la roja plaza vieja,

                  pues me iría y a ver la verbena

                  en San Antonio o San Isidro,

                  ruido de Navidad en las aceras

                  cerca

                  de la Plaza Mayor,

                  rotos recuerdos

                  de mil novecientos veintisiete,

                  treinta,

                  pueblo derramado aquel 14

                  de abril, alegre,

                  puro, heroico Madrid, cuna y sepulcro

                  de mi revuelta adolescencia.»

                  Nec timeas nec potes

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                  • #10
                    Insomnio, Dámaso Alonso.

                    «Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas).

                    A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho en el que hace 45 años que me pudro,

                    y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros, o fluir blandamente la luz de la luna.

                    Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como un perro enfurecido, fluyendo como la leche de la ubre caliente de una gran vaca amarilla.

                    Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma, por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad de Madrid,

                    por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.

                    Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?

                    ¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día,

                    las tristes azucenas letales de tus noches?».

                    Nec timeas nec potes

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                    • #11
                      Poemas de Madrid, Gloria Fuertes.

                      «Yo puedo decir muchas cosas,

                      y algunas no.

                      No puedo decir: Madrid es mi tierra,

                      tengo que decir mi cemento,

                      -y lo siento-.»

                      «¡Ojalá sea mentira ese rumor que corre sobre el rio

                      donde peces de plata mueren sin ser pescados!

                      ¡Ojalá sea mentira esa bola

                      de anhídrido carbónico

                      que pende bajo el cielo de Madrid!

                      ¡Ojalá sea verdad esa mentira del vidente

                      que anuncia una tormenta de amor

                      que acabará con la mala uva...!»

                      Nec timeas nec potes

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                      • #12
                        Madrid, corazón de España, Rafael Alberti.

                        Madrid, corazón de España,

                        late con pulsos de fiebre.

                        Si ayer la sangre le hervía,

                        hoy con más calor le hierve.

                        Ya nunca podrá dormirse,

                        porque si Madrid se duerme,

                        querrá despertarse un día

                        y el alba no vendrá a verle.

                        No olvides, Madrid, la guerra;

                        jamás olvides que enfrente

                        los ojos del enemigo

                        te echan miradas de muerte.

                        Rondan por tu cielo halcones

                        que precipitarse quieren

                        sobre tus rojos tejados,

                        tus calles, tu brava gente.

                        Madrid: que nunca se diga,

                        nunca se publique o piense

                        que en el corazón de España

                        la sangre se volvió nieve.

                        Fuentes de valor y hombría

                        las guardas tú donde siempre.

                        Atroces ríos de asombro

                        han de correr de esas fuentes.

                        Que cada barrio, a su hora,

                        si esa mal hora viniere

                        -hora que no vendrá- sea

                        más que la plaza más fuerte.

                        Los hombres, como castillos;

                        igual que almenas, sus frentes,

                        grandes murallas sus brazos,

                        puertas que nadie penetre.

                        Quien al corazón de España

                        quiera asomarse, que llegue,

                        ¡Pronto! Madrid está lejos.

                        Madrid sabe defenderse

                        con uñas, con pies, con codos,

                        con empujones, con dientes,

                        panza arriba, arisco, recto,

                        duro, al pie del agua verde

                        del Tajo, en Navalperal,

                        en Sigüenza, en donde suenen

                        balas y balas que busquen

                        helar su sangre caliente.

                        Madrid, corazón de España,

                        que es de tierra, dentro tiene,

                        si se le escarbara, un gran hoyo,

                        profundo, grande, imponente,

                        como un barranco que aguarda...

                        Sólo en él cabe la muerte.

                        Nec timeas nec potes

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                        • #13
                          El otoño de Madrid, Luis López Anglada.

                          «Madrid, si tanto tienes tanto vales

                          y aunque falto de encinas, te respiro

                          bebiéndole los vientos al Retiro

                          y al oro del crepúsculo en Rosales.

                          Con otoños románticos prevales

                          para permanecer en el suspiro.

                          ¿Dónde vamos, Madrid? A octubre miro

                          y con sabor de soledad me sales.

                          Mientras el corazón amarillea

                          la tarde, que no el cuerpo, me pasea

                          por las tranquilidades del palacio.

                          Todo se finge rápido y urgente,

                          pero yo te recorro lentamente

                          que las cosas del alma van despacio.»

                          Nec timeas nec potes

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                          • #14
                            Pausa de agosto, Mario Benedetti.

                            «Madrid quedó vacía

                            sólo estamos los otros

                            y por eso

                            se siente la presencia de las plazas

                            los jardines y fuentes

                            los parques y glorietas

                            como siempre en verano

                            Madrid se ha convertido

                            en una calma unánime

                            pero agradece nuestra permanencia

                            a contrapelo de los más

                            es un agosto de eclosión privada

                            sin mercaderes ni paraguas

                            sin comitivas ni mitines

                            en ningún otro mes del larguísimo año

                            existe enlace tan sutil

                            entre la poderosa

                            metrópoli

                            y nosotros pecadores afortunadamente

                            los árboles han vuelto a ser

                            protagonistas del aire gratuito

                            como antes

                            cuando los ecologistas

                            no eran todavía imprescindibles

                            también los pájaros disfrutan

                            ala batiente de una urbe

                            que inesperadamente se transforma

                            en vivible y volable

                            los madrileños han huido

                            a la montaña y a Marbella

                            a Ciudadela y Benidorm

                            a Formentor y Tenerife

                            y nos entregan sin malicia

                            a los otros que ahora

                            por fin somos nosotros

                            un Madrid sorprendente

                            casi vacante despejado

                            limpio de hollín y disponible

                            en él andamos como dueños

                            tercermundistas del arrobo

                            en solidarias pulcras avenidas

                            sudando con unción la gota gorda

                            el verano no es tiempo de fragor

                            sino de verde tregua

                            empalagados del rencor insomne

                            estamos como nunca

                            dispuestos a la paz

                            en el rato estival

                            la historia se detiene

                            y todos descubrimos una vida postiza

                            pero cuando el asueto se termine

                            volverán a sonar

                            las bocinas los gritos las sirenas los mueras y los vivas

                            bombas y zambombazos

                            y las dulces metódicas campanas

                            durante tres fecundas estaciones

                            nadie se acordará

                            de pájaros y árboles.»

                            Nec timeas nec potes

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                            • #15
                              Y prosigo, para terminar el comienzo, con la razón de nombrar 'greguerías', de Ramón Gómez de la Serna:

                              La cosa sucedió en el piso primero derecha de la casa número 11 de la calle de la Puebla, en la villa y corte de Madrid.

                              Era un día aplastado por una tormenta de verano. Tenía hinchada la frente. Me asomaba al balcón y volvía a meterme dentro y a sentarme.

                              Vivía aún don Jacinto Octavio Picón –secretario perpetuo de la Academia–, y yo estaba harto de don Jacinto Octavio Picón.

                              Sobre mi mesa, las tijeras, abiertas como cuando los pelícanos abren el pico a los días de calor, estorbaban la idea. Las cerré.

                              Por fin, en una última llamada del balcón, dándome un golpe contra la esquina del diván al salir a buscar lo que estaba entre cielo y tierra, encontré la invención de la "greguería".

                              Sí... Yo quería decir, yo había pensado... recordando el Arno en Florencia... frente a aquella pensión en que habité... que... la orilla de allá... Sí, la orilla de allá quería estar a la orilla de acá... Eso, ese deseo inaudito pero real... Esa perturbación de la estabilidad de las orillas, ¿qué era?... Era... "una greguería", y me acordé de "esa" palabra que no sabía bien lo que significaba y fui al diccionario para ver lo que era...

                              Y ya siempre greguería será una cosa insustituible, de tal modo que si no se llama "greguería", será inútil que luche por ser "greguería", y además,los demás denunciarán al contrabandista y pronunciarán la palabra "greguería". He ahí un fenómeno y un misterio.

                              Nec timeas nec potes

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